viernes, 26 de noviembre de 2010

(Este es el post número 101 de mi blog, jamás había llegado tan lejos con un blog, gracias a los que leen <3)
No sé si hago bien contándoles la pauta de las prácticas que hago en Taller cuando las transcribo acá, con las correcciones pertinentes, por supuesto. Sin embargo, hoy no lo haré a ver si notan cuál es el verdadero tema del texto a continuación...

Carta para dejar a una chica en soledad
Tu cabello despeinado se nota a kilómetros, ¿es que nunca te peinas? No, te da miedo mirarte al espejo, creo que te da miedo que la imagen mental que tienes de ti no concuerde con lo que refleje el espejo. Pocas veces logras sentarte como una señorita, siempre te descubro mascando chicle como prostituta. Y tu sarcasmo... Tu sarcasmo me saca de quicio. Tus ojos no me miran, siempre estás como distante, esperando a que alguien te rescate de tu tragedia, y tus pupulas lejanas parece que en cualquier momento derramarán lagrimones escarlatas —y nunca pudiste escuchar esa canción, Pupilas lejanas, sin romper en llanto. Sin embargo, no eres más que una impostora, finges sentirte mal, deprimida, para llamar mi atención. Sí, a veces todas tus cosas malas me abruman, no sé por qué tuve que hablarte esa noche fría de septiembre, me arrepiento de haber creído que eras buena. Te hablo, no me escuchas. Siento que mis palabras se pierden entre las horquetillas de tu pelo. Ni hablar de tu falta de madurez, esas miradas infantiles que recibo cuando te hablo de cosas serias, no te soporto.

Tu habitación es ese lugar terrible en el que ni un explorador aventurero se atrevería a adentrase, y tu vida es igual. Yo quise ser ese explorador, pero no pude atravesar esas galerías interminables de árboles intrincados que ciegan cualquier cosa que se pare frente a aquellos. No entiendo cómo has podido vivir de manera tan errática. Persigues una liebre blanca, dentro del bosque complicado de tu mente que jamás podrás alcanzar. Bueno, yo creo que en vez de una liebre, en tu caso sería un gato. Por alguna extraña razón los amas y cuando paseamos siempre tratas de acariciarlo. Ellos te miran, indiferentes, y yo te miro intrigado. Así como estás obsesionada con el mar y crees que las olas se llevarán tus dolores, pero no soportas el sol y el calor te hace desmayar. Eres una contradicción andante.

Por eso te dejo, me voy. He pasado demasiado tiempo dentro de este sanatorio mental. Me siento insignificante ante los delirios que nublan tu mente, me destiño ante esas palabras corrosivas que emergen de tu boca y tu falta de esperanza me está haciendo perder la mía. Espero que sin mí, algún día te logres encontrar y que encuentres un explorador que sea más valiente que yo y que sepa cómo salir de la tortura de tu bosque y te logre sentir presente. Quizá cuando seas vieja y solo tus gatos te acompañen en tu soledad, te des cuenta de lo que pierdes siendo tan oscura.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Hace mucho frío, tiemblo y siento que muero.
Las decepciones son abrumadoras.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Hoy por fin he decidido enfrentar el miedo que me daba revisar —y corregir— mi práctica de hace dos semanas. Dejar a un lado la crisis de perfección que tuve al darme cuenta de que no siempre puedo hacer las cosas perfectas. Esa en la que saqué un mediocre catorce —sí, se lee catorce, uno cuatro, 14— por pasar desapercibido unos cuantos detalles del cuento de Rodolfo Walsh Tres portugueses bajo un paraguas (sin contar el muerto) —que puedes leer aquí. Por tonterías e irreverencias de la vida quise llevarme por delante las indicaciones y decidí contar la historia a mí manera —la más problemática de todas— desde el punto de vista de una de esas mujeres que si saludas en la calle te cuentan todos sus problemas. Cualquier cosa menos apreciar el trabajo del desaparecido Rodolfo Walsh, una obra que sí pude apreciar cuando leí, este viernes, Esa mujer. Me propuse revisar mis errores, corregirlos y precisar detalles insignificantes que sostienen la historia. De cualquier forma, publico en mi blog la práctica mejorada para redimirme, no ante el profesor ni ante nadie. Solo perdonarme por no ser la mejor todo el tiempo, darnos un descanso porque, al final de cuentas, también somos humanos y nuestras capacidades distan de la perfección. Un ejercicio que muchos de nosotros debemos hacer. Puedes opinar al final, me gustaría recibir críticas constructivas —y destructivas también— pero ten en cuenta de que no lo revisé por ti, lo revisé por mí para mejorar y crecer un poquito. Aunque me encantaría que lo leyeras, opinaras y me ayudaras a mejorar.



LLUVIA




La vida da muchas vueltas y yo estuve ahí por casualidad. Estaba en el apartamento de Fernando, él se había marchado a trabajar y me dejó sola. ¿Me disculpa si enciendo un cigarro? Habíamos peleado, ¿sabe? Justo después de hacer el amor, lo llamó la enfermera esa que trabaja con él. ¡No la soporto! Cada vez que ella lo llama, sale corriendo. Sí, es su trabajo y esa se supone que fue una emergencia, ¡pero estaba lloviendo! Parecía que el cielo se iba a caer y esos truenos espantosos, y aun así fue a atender a un desconocido antes que a mí. Me rompe el corazón cuando me deja peleando sola, ni siquiera se preocupa de buscarme pelea, sólo me mira como ausente y se va. Así no más. Él dice que no entiendo lo que significa ser médico y que su trabajo es ayudar a la gente, y que en el hospital surgen emergencias todo el tiempo. Además, yo sé que su primer amor es la medicina, después es que vengo yo. Él único neurocirujano de todo el hospital. No hay presupuesto para contratar a otro que lo supla. ¡Malditos corruptos del gobierno! Ay, discúlpeme la imprudencia, yo se que no puede hablar mal del gobierno, ya que usted es funcionario público. También discúlpeme que llore, pero no lo puedo evitar.

El punto es que llovía, fuerte, así que me preparé una taza de café, ya sabe, para esperar despierta a Fernando, para decirle que me marchaba. Entonces me senté junto a la ventana, junto a su mugroso gato. Lo acaricié un rato y escuché la lluvia contra los vidrios y ahí los vi: cuatro hombres bajo un pequeño paraguas. Me pregunté porque tendrían un paraguas tan pequeño y el hombre gordito y bajito me hizo gracia. Cada uno miraba a una dirección diferente, uno a la derecha, otro a la izquierda, otro al frente y el último atrás; y se tocaban espalda con espalda. En realidad, toda la situación me hizo gracia, mas no pude reír. El gato se me sentó en la falda y comenzó a ronronear. Maldito gato. Un trueno me cegó por unos instantes y lo vi matarlo, el hombre bajito y gordito se volteó, sacó algo del bolsillo y sonó un estruendo que hizo que el gato me rasguñara las piernas y saliera corriendo. Lo siguiente que vi fue a un hombre en el piso, lleno de sangre y el sombrero rodando por el piso. Sí, el sombrero rodó por los charquitos de la calle y su frente chocó contra el pavimento. Yo me quedé en shock, no sabía que hacer, por cinco minutos observé cómo los otros tres hombres, uno de estatura más o menos normal y otro flaco y alto, más el gordito que lo mató, trataban de ayudar al muerto, pero era inútil, pues, ya estaba muerto, ¿no? Cuando llegué aquí su secretaria me dijo que fue muerte súbita. Entonces, fue cuando los llamé a ustedes, comisario, aunque no me atreví a bajar a ayudar al pobre hombre. Me dio una pena, pero no tengo llaves de la casa de Fernando. Ah, sí, luego lo llamé a él y le conté lo que pasó. Me dijo que me quedara tranquila, que dejara de llorar y que volvería a la casa a las doce. No me dijo nada más, así, como es él…

viernes, 5 de noviembre de 2010

Algo improvisado que se me vino a la mente, luego de un día difícil en el que tuve que convivir con muchas histerias, la mía y la ajena.


Tratado sobre el sufrimiento
‘‘¿Quién usará la plata buena de la novia chiquita y morena? Mi cola se pierde por el mar y la luna lleva puesta mi corona de azahar”.
Así que pasen cinco años, Federico García Lorca.


Las cosas son así, ellos se marchan y nos dejan ese particular vacío en las entrañas. Es un dolor genuino, duele como una puñalada en el estómago. No es que a mí me hayan apuñalado alguna vez, pero en los libros sucede y en las películas también —he leído que también pasa en la vida real. Escupes borbotones de sangre por la boca y por el vientre corre ese espeso líquido rojo mezclado con las tripas de la víctima y las malas intenciones del victimario. Esa es una divina metáfora para el dolor, 'escupir sangre' para mí es 'escupir palabras de dolor'. Más o menos lo mismo, ¿no? Yo no sé mucho del amor, pero he leído innumerables historias de amor. Las mujeres de mi edad suelen creer en esas historias, pero todas son patrañas. Mis padres estuvieron casados 25 años, y sí, mantenían muy bien las apariencias, porque la realidad era que papá se iba de la casa y luego mamá bebía ron hasta quedar inconsciente. ¿Eso es amor? ¿Mantener apariencias?

Me dicen que soy joven, que conseguiré a alguien más. La verdad es que me siento como si tuviera veinte años más de los que en realidad tengo, por lo tanto no hay motivo para que yo busque a alguien más. Emocionalmente inaccesible, me dijeron. La soledad es abrumadora, me pesa su ausencia aunque que él nunca me amó; yo lo sabía, él lo sabía. Pero siempre tuve esperanza de que en algún punto, mientras le obsequiaba mi ternura y mi desnudez, se enamorara de mí y que nunca querría separarse de mí. Puras tonterías, algo que no pasaría. Las cosas buenas no le suceden a la gente ingenua.

Creo que no hay amor si es unidimensional, cuando no hay reciprocidad, la cosa se pierde. El sentimiento inicial se confunde entre una suerte de obsesión y desesperación. Y eso fue justo lo que me pasó, yo lo 'amé' tanto que podría decirse que compensé esa falta de afecto de su parte. Es bueno destacar, que es una mentira con la que me consuelo. Él sólo quería mi cuerpo y yo se lo entregué, porque quería que él fuera feliz. Sí, aunque yo no lo fuera. Pensaba que si me entregaba, se enamoraría de mí. Además, siempre supe que la distancia geográfica nos separaría, que nos conseguimos en un mal momento. Yo todavía tengo muchas cosas que me anclan a este lugar, él es libre como el viento y se pierde en el devenir del viento. ¡Es un estúpido! ¿Cómo no se enamoraría de mí? Yo le di todo de mí, él no lo supo apreciar. ¿A quién engaño? Ahora me queda soledad, porque no creo que exista alguien más que me entienda como él lo hacía. Nunca van a poder llenar el vacío del primer amor. A todos nos pasa, hasta a él. Siempre pensando en la ex... Esa tragedia de no poder superar el maldito pasado, esos fantasmas que viven con nosotros no podemos despegarlos de nuestra mente y siempre nos acompañarán en nuestra existencia.

Para mí no hay vida sin él.

viernes, 22 de octubre de 2010

Para esta publicación voy a tener que dar una explicación convincente. ¿Por qué? Simplemente porque no está lista, pero siento que debo deshacerme de ella, dejarla volar porque ha pasado mucho tiempo conmigo. 
Primero, quiero que sean objetivos con lo que van a leer, quiero que estén claros de que no sucede mucho en la historia y que se limita a la "descripción" de un momento y de un ambiente en específico. Además es algo de lo que nunca había escrito antes y quería experimentar al respecto. Surge de mi necesidad de la experiencia, de ponerme en los zapatos de los demás, hasta donde me sea posible. Si no les gusta, háganmelo saber, porque la publico totalmente ignorante de lo que realmente le hubiera pasado a estos personajes. También pueden sugerir cosas. 




Una mujer mira el televisor como hipnotizada, unos rayos de luz coloridos se reflejan en la pared de ladrillos que se encuentra frente al artefacto y atraviesan a esta mujer de noventa y siete kilos —aunque ella siempre mienta y diga que pesa ochenta y nueve delgados kilos. Ahora está viendo la telenovela, le encantan los besos que se dan los protagonistas. Mira el televisor como quien está en el balcón observando por inercia a los transeúntes, a pesar del alboroto de los demás.

— Qué bellos se ven juntos... —dice la mujer en voz alta pretendiendo que su madre la escuche, aunque ella está en la cocina terminando de darle los toques finales a una cena para siete, no puede escucharla. Luego suspira, porque no ha tenido novio desde que Alexis la dejó. Por unos segundos se imaginó que ella era una de estas mujeres de telenovela besando a un galán “muñequitodetorta”. O a Alexis.
En el televisor apareció la imagen que demarca el final de un episodio de la novela. Su estómago rugió y pensó que debería ir a comer. Esquivó algunos recipientes de plástico que contenían las gotas de lluvia para que no se derramaran por el piso, y llegó a la cocina.
Su madre escuchaba en la radio a Maelo Ruíz mientras servía los platos repletos de carne guisada y arroz. Sus dos hermanos y sus amigos se llevan sus platos y se sientan frente al aparato antes mencionado.
Yamileth se sentó en la cocina junto a su madre y empezó a mezclar distraídamente la carne y el arroz con el tenedor, mientras escuchaban una armoniosa mezcla de Maelo y el caer de la lluvia en el techo de zinc.

“Te va a doler,
tarde o temprano ya verás lo que te toca.
Cuando tu piel ya no le excite,
y te abandone.
O al descubrir con amargura
que tiene a otra.”

viernes, 15 de octubre de 2010



Este relato corto lo escribí para mi clase de Taller de redacción I, le hice las correcciones que me anotó el profesor y aquí está la última versión. Gracias por leer.


CUARENTA Y TRES KILOS


“No voy a comer”, pensó Claudia mientas sus compañeras conversaban alegremente en la cafetería. “No voy a comer”, se repitió mientras una de las chicas contaba su viaje a Cuyagua con su novio. Claudia comenzaba a marearse y sólo escuchaba retazos de la historia. Cada vez que se sentía así, sacaba de su bolso un chicle sin azúcar para mitigar la sensación. Sus compañeras no sabían lo que pasaba por la mente de Claudia, y, por supuesto, no tenían idea de que llevaba cinco días en ayuno. Ella sabía que, llegado a ese punto, el hambre le haría perder la definición en su vista y que pronto toda esa charla basura se transformaría en sonidos ininteligibles. Pero ella nunca había ido tan lejos, siempre llegaban los atracones y luego un breve encuentro con la Diosa Mía, así es como Claudia denomina sus atracones seguidos de vómitos incontrolados sobre el retrete.
“No puedes comer, has llegado muy lejos como para echarlo todo a perder”, se decía Claudia cada vez que sentía ganas de abalanzarse sobre la empanada de María Gabriela o por lo menos beberse entero el café de Carolina. Sin embargo, su otra dios, Ana, no se lo permitiría y la castigaría con dos horas de spinning. “Qué suerte tienen ellas, no tienen que preocuparse por ser flacas”.
Carolina no parecía preocupada por la palidez de Claudia, siempre la había visto así. No se preocupaba, porque ella asentía con la cabeza y sonreía cada vez que ella resaltaba lo bueno que había sido su fin de semana, los besos ardientes sobre la arena y los detalles más íntimos… Los detalles, Claudia no quería saber los detalles. Nunca se sintió lo suficientemente atractiva como para coquetear con los chicos. Se sentía gorda y cada gramo de más la hacía sentir miserable y cada caloría la hacía permanecer despierta por la noche. Esa talla M en todos sus vestidos, esa grasa en el abdomen, esa grasa sobre sus muslos, esa grasa que ella piensa que todos le ven mientras camina. Cuarenta y tres kilos de vergüenza.

viernes, 1 de octubre de 2010

… sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Julio Cortázar, Rayuela.